Desde el trapecio, en
mitad de su actuación, oyó el grito ahogado que surgió repentino entre el
público, como si todos se hubieran unido en un solo ser de ojos espantados, en una
sola angustia de bocas desfiguradas en una cicatriz inútilmente abierta a una
barrera hermética de dientes. Poco después comenzaron las carreras desesperadas
por la pista, el torbellino de zozobra bajo la carpa. Reconoció en el aire polvoriento
del circo el aroma de lo irreparable. Lo vio dibujado en la inusual feminidad
que destilaban las lágrimas de la mujer barbuda, en el espanto tatuado sobre el
maquillaje de los ojos de los payasos, en el desconsuelo funámbulo del equilibrista.
Se limitó a terminar apresuradamente
su número como una autómata, degradando su famoso triple mortal a la categoría
de pirueta desganada, dejándose caer sobre la red con la liviandad de un
hatillo de pétalos que fuera antaño flor. Solo cuando se acercó al tumulto y
vio su propio cuerpo quebrado en aquella postura improbable sobre un charco de
sangre carmesí descubrió el motivo para tanta tristeza y rompió a llorar,
consciente de que la magia falsa del prestidigitador no podría recomponer esta
vez el destrozo.
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