Una vez alcanzados los cuarenta, esa edad a medio camino entre lo que
fuimos y lo que seremos, parece inevitable hacer inventario y dibujar esa
franja invisible que nos divide en dos hemisferios igualmente verdaderos, e
idénticos también en su falsedad. Ya es demasiado tarde para volver a empezar.
Todavía es demasiado pronto para abandonar. Como nos dice Braulio Ortiz Poole
en su recién publicado poemario Cuarentena,
ya enzarzado en poesía desde el prólogo: “Te sientes como una iglesia que aún
no han construido/ y ya está coronada por el bronce”. El poeta construye un
diálogo consigo mismo que, gracias al uso de la segunda persona, se convierte
en conversación directa con el lector, que se sumerge en una realidad llena de
claroscuros, como en un cuadro de Caravaggio, en la que la amargura y la
pérdida se ven compensadas por la luz y el amor. Porque este hemistiquio psicológico
que marca la cuarentena sólo es una trampa si nos dejamos atrapar por el
pasado, sin mirar al futuro. Hay que seguir caminando, “Antes de que te hiera
la nostalgia/ de lo que no conoces”. No es momento de acobardarse, “Un hombre
ha de aspirar a lo sublime”.
A veces el amor (única excusa para recuperar brevemente la distinción entre
el yo y el tú), aunque sólo sea en verano, nos enseña que “No importa esta edad
en la que entro/ mi corazón/ contigo lo he aprendido,/ aún sabe estremecerse,/
tiene los pies descalzos todavía”. Por eso no hay excusa para sentarse a
esperar como “si el lenguaje fijara la luz en los espejos”.
Como nos dice el poeta, esta edad tiene su patrimonio, que no es otro que
la experiencia. Ahora sabemos que la verdad puede esconderse en una simple
naranja que nos lanza un mensaje: “hay que tomar la carne dulce, el jugo,/ del
momento que vives”. Porque “…la edad no es una línea recta./ Su lógica se
tuerce”. No podemos cimentarlo todo en el recuerdo, “La memoria es a veces una
vieja magnolia:/ cuando una flor se seca, se aferra a su elegancia”.
El mensaje final es razonablemente positivo, que no optimista, el del
hombre con el signo de lo vivo: “No, no serás un museo de lo muerto”. “No todo
se ha acabado./ Hay que buscar un dios para este tiempo”.
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